Fernando Caruncho: el pensador que esculpía paisajes
La historia de Fernando Caruncho no es únicamente la de un jardinero excepcional; es la de un filósofo que halló en la naturaleza su forma más elevada de expresión. Junto a Maru, su compañera, emprendió una doble aventura en su juventud: la emblemática tienda El Jardinero y, al mismo tiempo, un estudio de paisajismo desde el que revolucionaría la forma de entender los espacios exteriores en España. Con una sensibilidad poco común, recuperó la tradición de jardinería sobria y verde que ya practicaban romanos y árabes en la península, una herencia que nunca debería haberse perdido y que él devolvió con un lenguaje contemporáneo. Su inspiración bebe de fuentes antiguas, pero se proyecta hacia el futuro; por eso, hoy es considerado un puente entre la jardinería clásica y el paisajismo actual. Para quien desee explorar esta corriente, la jardinería mediterránea es un punto de partida fascinante.
Una vida marcada por el otoño y la contemplación
Nacido en otoño, Caruncho consideraba esa estación un espejo de su alma. Perder sus colores y su luz era, para él, perder parte de la vida. Por eso, una de sus recomendaciones más queridas consistía en detenerse al principio o al final del día, sentarse junto a un estanque y contemplar el cielo. En ese ritual, la luz se derrama sobre el agua y se opera una especie de milagro: la luz se vuelve líquida y el agua comienza a brillar como el sol. Esa experiencia, difícil de explicar con palabras, sintetizaba su filosofía del jardín como lugar de encuentro entre el hombre y lo sagrado.
«Sentarse a primera o a última hora del día para observar la plenitud del celaje de los árboles y ver reflejarse la luz en los estanques hasta descubrir que se transforma en agua y el agua se transforma en luz».
Este modo de mirar lo acompañó durante toda su trayectoria. Proyectó jardines en escenarios muy diversos y llegó a superar los 200 espacios en Europa, América y Japón. Fueron 47 años de trabajo ininterrumpido, premios y reconocimientos internacionales, aunque él siempre prefirió el silencio del taller al ruido de la fama. En la última década compartió esa experiencia con su hijo Pedro, quien tuvo la suerte de crecer junto a un maestro y de absorber sus conocimientos como quien aprende un oficio ancestral.
Un lenguaje propio: geometría, silencio y luz
Caruncho definió un vocabulario paisajístico muy personal, sostenido por la geometría, la luz, el agua, el silencio y el vacío. Nada en sus jardines sobra; todo ocupa un lugar exacto, medido con precisión casi matemática. Pero esa precisión nunca resta calidez; al contrario, permite que la mirada repose y que el paisaje respire. Entre los muchos recursos que utilizó, destaca la incorporación de la agricultura al jardín: hileras de olivos, frutales o especies de cultivo que dialogan con el entorno natural. Así consiguió una seña de identidad que sus seguidores reconocen al instante. Quienes estudian esta disciplina descubren en el diseño de jardines una herramienta para comprender mejor aquella síntesis entre orden y naturaleza.
- Geometría: el orden invisible que estructura el paisaje y lo hace comprensible.
- Luz y agua: materiales vivos que cambian con las horas y las estaciones.
- Silencio y vacío: espacios de pausa que permiten escuchar la naturaleza.
- Agricultura y jardín: una alianza que recupera la memoria del territorio.
«Todo está en el cielo, no mires abajo», repetía. Esta máxima revela su confianza en la observación como origen de todo proyecto. No buscaba domesticar la naturaleza, sino acompañarla y revelar su esplendor dormido. Por eso trabajaba con paciencia, humildad y tesón, convencido de que un jardín pertenece ante todo al lugar que lo acoge, un espacio que ha estado esperando durante millones de años recobrar su esplendor.
El testamento de un maestro sereno
La muerte lo encontró en su propio paraíso, rodeado de su familia y del murmullo del agua. Fue una despedida discreta, tal y como él vivió. Su hijo Pedro lo despidió con unas palabras que todavía resuenan: «Se marchó un hombre, un jardinero, y con él una mirada que iluminaba el mundo y nos transformaba». Lo colocó junto a Russell Page y Jacques Wirtz, dos maestros con los que ahora comparte constelación. También citó a Juan Ramón Jiménez: «La luz con el tiempo dentro».
Pero quizá su mejor legado sea la concepción del tiempo como memoria circular. En sus conferencias solía decir:
«Todos somos eslabones de una larga cadena en la memoria circular del tiempo, en la que solo existe el presente: el presente del pasado, el presente de hoy y el presente del futuro, que vivimos en un continuo que fluye y se transforma permanentemente».
Pedro trabajó a su lado durante los últimos diez años y vivió desde la infancia los valores que sostuvieron su obra: belleza, disciplina y trabajo. Hoy se reconoce como un eslabón más de esa cadena y asume la responsabilidad de continuar el estudio con nuevos proyectos, difundiendo un legado incalculable. Mientras exista alguien que se siente a contemplar la luz en un estanque, la enseñanza de Fernando Caruncho seguirá viva. Para todos aquellos que deseen introducirse en este universo, el aprendizaje nunca se detiene: cada jardín guarda una lección, cada árbol cuenta una historia y cada rayo de luz revela un secreto que espera ser descubierto.
Contenido original en https://www.abc.es/cultura/filosofo-jardinero-20260825170407-nt.html
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